Mi experiencia en streaming, contada para docentes que hacen Zoom

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Actuar en streaming es muy seco: uno se esfuerza más y termina agotado.

 

En un teatro hay muchas señales: los aplausos, cierto silencio cuando el público se quedó con el corazón en la boca, ligeros movimientos inquietos, desconcentración, vemos caras y gestos. Nada de eso se repite igual en la pantalla, no lo tenemos.

 

Esas señales sostienen emocionalmente a un artista y las usa para guiarse: hay que acelerar, hay que ir más lento, enfatizar, bajar un cambio.

 

Sin esa guía y ese alimento emocional, que se resume como el calor o el frío de una sala, actuar se convierte en un acto seco, peor que un ensayo, en el que tampoco hay público, pero sabemos que lo encontraremos. Es remar en chocolate. Terminamos cansados física y emocionalmente.

 

Nos sentimos inseguros y, salvo que se tenga mucho oficio, sobreactuamos, hacemos de más, porque nos falta respuesta… eso provocará más cansancio en nosotros y el público. Cuando somos audiencia nos gusta ser llevados por el conductor de un programa, y no: tener que sostenerlo. Cuando repite la invitación para que la gente lo llame: revela inseguridad y poco oficio.

 

¿Qué podemos hacer, qué hice yo cuando me enfrenté a ese vacío en un escenario? (por ejemplo: ir por primera vez con públicos que no me conocían).

 

– No asumo que tengo la misma autoridad que “en mi terreno”. Voy con más humildad, como huésped con buen oficio y que me ganaré mi lugar, pero como un huésped, no con la autoridad del dueño de casa, no lo soy. Dueño de casa es este público que me recibe por primera vez, literalmente están en su casa, viéndome en sus pantallas.

 

– No trato de compensar haciendo más cosas, al contrario: ser breve, discreto ir a lo seguro, no actuar con confianza inoportuna. Pregúntense: ¿qué haría que ustedes respeten a una visita que les expone algo? Seguramente, lo diga o no: “Yo sé que ustedes no me conocen… “, “permítanme que me presente con lo que hago…, “sé que ustedes no esperaban esto…”, “gracias por recibirme en sus hogares”.

 

– Jamás hago énfasis en “lo difícil de este encuentro”. Imagínense, ustedes en la sala de operaciones, su cirujano no llega, viene un suplente: “Estaba de copas con amigos, a ver cómo nos va”. No, él es el profesional, si aceptó, que se haga cargo de lo que le da miedo o le cuesta. Traducido: ya no podemos decir: “esto que nos sorprendió a todos”, “esto tan difícil que están transitando los niños y las niñas”. Ya basta, el estupor se permite en los primeros días (y pocos), luego: somos adultos, profesionales y estamos a cargo. Así nos ve nuestro público.

 

– Aprendí a confiar en que este medio funciona. es como el show en vivo, no lo había hecho antes, pero la magia del espectáculo ocurre.

 

Lo vi en los muchos mensajes que recibí durante y después de los programas de radio y conciertos, los cientos y cientos de fotos de la gente en sus hogares participando. No llega igual que en un teatro, pero no quiere decir que no ocurre. Desde el primer streaming por Instagram decidí no hacer de mi propio “community manager”, no me gustó cuando vi a otros artistas que miraban tanto la pantalla para leer mensajes. Si un show necesitara eso, supongo que a Dios se le habría ocurrido la telepatía. Uno toma algunas señales: ok, está funcionando, y sigue, con un vaso cerca por si la garganta se seca por los nervios, pero con elegancia, confiando en que funciona. Sin forzar el momento: la primera vez que hice un show, a los 20 minutos sentí un silencio muy fuerte. Estaba solo en mi casa, nada había cambiado, pero percibí ese vacío, y empecé a despedirme. Algo había concluido.

 

La segunda vez duré un poco más, ¡pero no veía la hora de que terminara! Luego hice tres meses y medio de radio, cientos y cientos de mensajes me mostraron que funciona ese click. Al primer programa llevé consignas como para un mes, seguro de que se iban a aburrir, que si en la familia estaban los más pequeños, los adolescentes apagarían la radio… ¡pero llegaron fotos de padres y adolescentes jugando! Sorpresa, no sé por qué, pero ocurría algo que en el teatro no era igual.

Sólo así se fue estirando el tiempo de show, muy naturalmente. Hasta que el último fue un despropósito: cuando miré la hora llevábamos 1:20, ¡una locura para un show infantil de un solo artista y un músico! Terminó durando 1:40. Pero a eso llegué, con mucha experiencia.

 

– No me pauto tiempos fijos. Un show normal en un teatro (una clase) sí tiene una duración mínima; pero esta manera no, no la fuerzo.

 

– Empiezo en lo breve y seguro: que la audiencia se quede, si no con ganas, con aceptación de volver a encontrarnos.

 

– Hago más breve el encuentro si noto que decae.

 

– Evito agotar a mi público.

 

– Mi guion (¿la currícula?) está pensando para un teatro en vivo (¿clases presenciales?). Cambio el guion si hace falta (no hago el mismo guion que haría en un teatro (quizás puedan elegir contenido de la curricula. Esto sí, aquello para otro momento, o cambiar el orden en que lo presenten). El guion (la curricula) es un mapa necesario, pero manejamos atento a la calle, no al mapa.

 

– Quizás no puede presentarse exhaustivamente: fragmentos más pequeños que alternan con otros contenidos.

 

– Periódicamente “relojeo” (miro de costado), en qué anda la audiencia, más seguido si es radio, un poco menos si es show, pero siempre estoy atento.

 

– Hablen, pausen, no cansen, oigan, “vean en qué anda la audiencia”, realmente vean en qué andan: si los chicos no están ahí, si el público no está ahí: estamos tirando el texto. No hay nadie. Y no me refiero a la pantalla apagada.

 

– Confío en que funciona (la inseguridad es mi problema, soy el profesional del que se espera oficio).

 

– Pero no parto de que soy tan infalible como en un teatro en vivo: estoy en sus hogares, en sus pantallas. Por lo tanto, no ocupo toda la escena con mi monólogo.

 

– No pueden juzgarme como artista por cómo hago un show por streaming, y tampoco juzgo al público por cómo responde a mi propuesta en este contexto (la inseguridad es mi problema, soy el adulto del que se espera oficio).

 

– No pretendan convertirse en animadores de televisión, quizás descubrimos que sí, qué bueno; pero no lo somos. Actúen con naturalidad, y sean muy muy receptivos de su audiencia. No condescendientes; pero sí receptivos.

 

– No controlo la atención de mi público, es más parecido a hacer radio que al teatro. La atención es más flotante. Quizás se van y regresan, quizás oyen mientras hacen otra cosa: es así, no pasa nada.

 

– Pero “lo que no se vale” es que apaguen su pantalla, eso sí que no. Mariana, querida amiga y médica, docente, a los que apagaban la pantalla en sus clases, les ponía “ausente”. Solucionó el problema.

 

Siempre tengo un guion que escribí y repasé con obsesión, y en el momento del show todas mis letras están en ese orden, y tengo el show a la vista; pero mis músicos saben (¡pobres!) Que raramente lo cumplimos, porque ni los mapas dicen lo que nos encontraremos detrás de una curva. Conducimos mirando la ruta, no el mapa.

 

Y siempre, siempre, siempre: actúo con ganas, no siempre las mismas, pero eso es lo que más cuido. Trabajo con ganas de hacer lo que hago, soy un muerto de hambre de lo que hago. El público detecta a un artista harto de lo que hace o desganado. El público infantil, los adolescentes, más todavía. Doy vuelta el guion, la duración del show, hago lo que sea… por cuidar el entusiasmo con el que me presento cada vez. Nunca me propongo un incendio de una hora y media; pero cada show debe tener una chispa. En cada presentación la audiencia tiene que llevarse un momento. Y, en mi caso, ese momento empieza por lo que me daba gusto, placer, presentar. Así organizo mi guion.

Mi sugerencia es que organicen cada clase teniendo en cuenta eso mismo: algo que los entusiasme transmitir, que les dé ganas, placer de contar. Cuiden su entusiasmo y miren a su audiencia. Eso va a llegar, seguro.

 

Luis Pescetti también es autor de “Una que sepamos todos”, donde reúne su experiencia y reflexiones sobre juegos, creatividad y música.
Editorial s. XXI, click acá: https://sigloxxieditores.com.ar/libro/una-que-sepamos-todos/

 

© Luis Pescetti