Nuestro gran poder de quienes trabajamos con chicos, es que sabemos que son personas… antes de que ellos mismos lo sepan. Voy a ilustrar con un ejemplo, en realidad voy a hablar de cuatro libros, cuatro libros para niños primeros lectores o no lectores para que los lean con los papás: *Madre Chillona*, *El Punto*, *Un lunes por la mañana*… cuatro que son cinco: *Yo grande, tú pequeño*, y*El topito Birolo*. Pero el ejemplo, es Violeta Gainza, una gran pedagoga musical a quien tuve de profe en el Conservatorio. Siempre dije de ella que vio en mí al artista que podía llegar a ser, antes de que incluso yo mismo lo supiera. Así pasa en muchas instancias de la vida.
Los niños no viven una simulación
Quienes trabajamos con chicos, con primera infancia, tenemos un riesgo; cierto exceso de ternura, que se basa en una concepción del chico como una pureza de una ingenuidad total. Por supuesto que se vive así, a un bebé recién nacido, cuando lo tenés, lo acunás, es el momento perfecto de la fusión, de la ternura. Todo eso es cierto… pero no sólo eso es cierto. Cuando trabajamos con pequeños, 0 a 5 años, nuestro reflejo, subyugados por tanta ternura, pureza, vulnerabilidad, es que nos mostremos complacientes ante la poca tolerancia a la frustración, ante esa vulnerabilidad. Y que nuestro trabajo se base solo en una suerte de distracción del mundo, en una forma del entretenimiento como una evasión y una simulación, no con una humanidad realmente.
La verdad es que nuestra humanidad no irrumpe en la madurez. En la madurez de cualquier persona lo que hay es (estoy haciendo más rollo que hablar de los libros, pero es que es importante para entender por qué esos libros después)… en la madurez hay más autonomía y más productividad; pero no más humanidad que cuando sos chico o cuando sos viejo. La humanidad está plena en cualquier etapa de nuestra vida. Cuando sos chico tenés menos autonomía, menos recursos, cuando sos viejo igual, por distintas razones, pero no: menos humanidad.
Quienes trabajamos con chicos no tenemos que ofrecer distracción, simulacro o evasión, porque los chicos buscan respuestas existenciales, siempre. Por supuesto que también buscan jugar, divertirse, porque en ello que hay una verdad que es la expansión de la vitalidad, un estallido que no tiene palabras, es en sí mismo, es la expansión de la sensación de vitalidad, del presente: estoy aquí, lo gozo, estoy vivo. Es eso en sí.
Pero además de eso, buscan respuestas existenciales ante sus experiencias y las que les llegan, ante emociones que sienten; y para eso tenemos que ofrecerles recursos. El arte es la mejor proveedora; cuentos, canciones, otras obras de arte. Les darán un mapa, como decía Michelle Petit, que va a ordenar su caos interno. Pero no el de los chicos, todos tenemos a lo largo de nuestra vida, y hasta en un mismo día un caos de experiencia y de emociones. A mí, Luis, me hace bien sentarme y escribir. Cuando escribo ordeno mi mundo y es un alivio, ordeno la experiencia del día y es un descanso escribir en mi caso. Para otros, como me decía un amigo, hace poco: «Yo cocino y cuando cocino, se suspende el mundo, se vuela, se va el tiempo», y se acordaba de un bailarín ruso que decía que él cuando baila se suspende el mundo y remató: «A mí me pasa eso cuando cocino». Bien, a mí me pasa cuando escribo. Todos tenemos alguna área en la que se suspende el mundo y se ordena nuestro mundo interior, y se ordenan las experiencias que vivimos.
Repertorio
Por eso, a los chicos tenemos que darles un repertorio de cuentos, canciones y obras plásticas, obras en general que les vayan dando lenguaje y mapa, reflejándolos a ellos mismos para que ellos se reconozcan y digan: «Ah, eso lo viví. Ah, eso lo sentí. Ah, eso pasa. Ah, no soy un raro, un friki. Ah, no soy el único». Porque cuando te sentís único estás en una especie de exilio interior, porque te refugiás, te da vergüenza, no lo contás y cuando ves que a otro le sucede, es una liberación.
Los maestros debemos tener un enorme repertorio de cuentos, canciones, juegos, de las obras que nos gusten. Ahí vamos a encontrar un gran Pantone, un gran menú de experiencias humanas ya hechas historia, así como antes la gente se juntaba alrededor del fuego y contaba historia, era para eso, para tener repertorio. Los docentes debemos tener repertorio porque la tiendita de nuestro barrio no puede estar menos provista que nuestra propia alacena.
«El Punto» de Peter Reynolds
Cuenta la historia de Vashti que se sentía inconforme con cómo dibujaba. De hecho se quedó enojadísima en una clase porque no había dibujado bien y la maestra le dijo: «A ver, mostrame algo». Ella tenía la hoja en blanco. «Dale, animate, hacé algo» y, con furia, clava un punto, le pega con el lápiz a la hoja. La maestra dice: «Ah, ok, qué interesante, un punto». Miren la furia con la que Vashti pega, o sea todo pintado de rojo. La maestra dice: «Qué interesante el punto», esa es una parte maravillosa de la historia. Vashti se va como diciendo: «¡Uf!»; pero cuando regresa, al otro día, encuentra que la maestra había enmarcado el punto.
¿Por qué es interesante esa parte de la historia? Porque la maestra no se siente abrumada por el enojo o por la emocionalidad del chico y porque le da un nuevo marco, literal, al convertirlo en algo con sentido, en una exposición. Cuando Vashti lo ve enmarcada dice: «Pero yo puedo hacer algo mejor que ese punto», y se pone a ensayar puntos de distintas formas y colores, hasta que se entusiasma con eso, hasta hace un punto sin hacer ningún punto, vale decir dibujando todo el contorno.
Toda la historia tiene un desarrollo simple y dulcísimo que no les voy a spoilear y una dedicatoria maravillosa: «Dedico al Sr. Matson, mi maestro de matemática de séptimo que me desafió a dejar mi marca». Imagínense lo que habrá sido ese gran maestro de séptimo para que él le dedique un libro ya desde la vida adulta.
De manera que ahí tenemos la rabia, la frustración, son experiencias infantiles, pero también experiencias que van a aparecer, nos van a acompañar toda la vida. ¿Qué hacemos con ellas? Ahí hay un recorrido, pero lo que sí seguro es que el chico que lea esto se va a sentir identificado en la rabia, en el enojo, en la posibilidad de transformarlo y no quedarse atascado en esa rabia y ese enojo.
«Un lunes por la mañana», de Uri Shulevitz
Dulcísima y tiernísima historia. Se ve un día muy lluvioso, muy gris en un barrio de monoblocks, Solo llueve, llueve y llueve. De pronto aparece un rey caminando con un paraguas y el narrador cuenta en primera persona: «Un lunes por la mañana, el rey, la reina y el principito vinieron a verme». Imagínense, altezas, personas reales ante las que, todos lo sabemos, siempre se pide audiencia; pero no, el niño, el personaje, cuenta que lo vinieron a ver y comenta: «Pero yo no estaba en casa», mientras se lo ve en una parada de un autobús, en una esquina. «Así que el principito dijo: “En ese caso volveremos el martes». El martes por la mañana el rey, la reina, el principito y el caballero vinieron a visitarme, pero yo no estaba en casa, y lo vemos en un metro, en el metro. Así que el principito dijo: “En ese caso volveremos el miércoles». Así transcurren, todos los días y cada día se suma alguien de la corte y, cada día, el principito muy pacientemente dice: «En ese caso volveremos… al otro día».
En los dibujos vemos que el edificio en el que vive el narrador, el niño, es un poco precario, le falta mantenimiento, tiene un foco, no hay lámpara. Siempre vuelve el rey, es gordo y se seca la transpiración y siempre el niño está en otra parte. Hasta que finalmente el domingo lo encuentran. Hay una bellísima imagen, en la que toda la corte que lo visitaba lo rodean. Y yo sí estaba en casa el domingo, así que el principito dijo: “Pasábamos por aquí y subimos a saludarte». Observen con qué ternura el niño recibe el saludo con pudor, con un poco de vergüenza y arrobado recibiendo la reverencia de todos, es decir toda la corte se inclina ante el niño. Maravilloso.
Al dar vuelta la página, ¿qué descubrimos? Que es un niño que está jugando a las cartas, con una baraja española en una ventana así frente a una ventana un día de lluvia, él solo. ¡Oh!, entonces era un niño solo y que se inventaba esa historia para acompañarse. Qué entrañable, ¿pero y qué?, ¿es una soledad que vamos a vivir solo en la infancia? ¿Solo entonces vamos a tener que lidiar con la soledad o cómo nos la arreglamos cuando estamos solos? No, ¿no? Es una emoción que va a acompañar toda la vida.
«Yo grande, tú pequeño» de Lilli L’Arronge
Entrañable también, solo es una enumeración. «Yo, grande, tú, pequeño. Yo, vaca, tú puerquito», es decir siempre el grande hace algo y el pequeño hace algo parecido en otra escala… «Yo remate, tú tiro». Y así recorre un montón de actividades: «Yo besote, tú besito. Yo buñuelo, uno grande de masa «Yo ñoqui. Yo payaso, tú payasito». Y sigue enumerando: «Yo salchicha, tú salchichón. Yo trago», y bebe una cerveza «tú sorbito». Hace un pis: «Yo chorro, tú gotitas». Va al baño: «Yo inodoro, tú pelela», por supuesto a esta altura los niños ¡ah! sonríen, se sorprenden y piensan: «¿Cómo?, ¿eso se puede decir en un cuento?». Sí, se puede, ahí está.
Sigue nombrando actividades, juegan a la lucha, se van de campamento. «Yo empapado, tú seco. Yo, espuma, tú espumita», duermen juntos, tienen aventuras y chocan en algún momento. «Yo murmullo, tú barullo», no lo deja hablar por teléfono por el ruido que hace el niño. Hay enojos también: «Yo quejoso, tú furioso». ¡Ah!, ¿pero qué?, ¿quiere decir que los adultos, los papás, las mamás, los adultos podemos enojarnos tanto con un niño? El niño que lee se dirá: «Ah, a mí eso me pasó una vez con mi mamá, con mi papá. Ah…».
Luego el pequeño se queja y llora, es una escena de la vida cotidiana. «Yo sí y tú no» en un supermercado, el niño ¡ah! quejándose y papá o mamá con los ojos mirando para arriba, invocando paciencia infinita. Luego sigue la escena: «Sí, yo ingenioso, tú asombrado», porque esconde unas galletas, el chico, las alcanza pero se cae ¡ay! «Yo… y ahí coinciden: tú ay y yo ay. Tú auto, yo camión», hasta que terminan y dicen: «Tú grande, yo pequeño», porque está encima de un tobogán el niño y le dice: «Tú mío y yo tuyo».
Este libro tiene dos cualidades, una que es con una simple enumeración va haciendo un recorrido dulcísimo, precioso de muchas instancias en las que se reafirma, tranquilo, tú eres el pequeño, yo soy el grande, o sea tú tienes más espacio de desplazamiento y yo te contengo. Pero por otra parte, además de ese delicioso recuento de situaciones, aventuras cotidianas, también hay como un pequeño muestrario de emociones, de enojo, de ternura. Los chicos necesitan ver ese mapa, conocerlo y reconocerse en ese mapa. Es es una manera de decirle: «Yo sé que sos persona”, aunque todavía él no lo sepa; y en el trato le estamos asignando esa condición.
Madre Chillona» de Jutta Bauer
Bellísimo libro. Arranca en primera persona el narrado, es el niño o niña pingüinito: «Esta mañana», dice, «mi madre me chilló de tal forma», y se ve una madre que grita al chico «que salí volando en pedazos. ¡Ah!». Terrible, cómo los papás chillamos tanto que los chicos sienten que estallan y, tal cual, cuenta que el pico aterrizó en tal lugar, que el la cabeza terminó en tal otra parte, que las pompis desaparecieron en la ciudad. Los dibujos son entrañables, limpios, unas acuarelas de una delicadeza increíble. «Quería gritar pero el pico estaba en las montañas. Muy cansados los pies habían llegado al Sahara». En ese momento, se observa una gran sombra que lo cubre. ¿Quién era? Un barco gigante en el que venía flotando en el aire: mamá chillona que había recogido cada parte y las estaba cosiendo. Sólo le faltaban los pies, los cose y ahí está contento, ya completo. Se lo ve, y a la madre que mira con un poco de preocupación y ternura. Entonces, mamá chillona lo abraza y dice simplemente: «Perdón».
¡Oh!, doble conocimiento, doble novedad: papá y mamá se pueden enojar tanto, es decir, yo padre… no soy un monstruo por enojarme; y puedo reparar, puedo pedir perdón. Un enojo es reparable y un papá y una autoridad puede pedir perdón, porque todo eso forma parte de la construcción de la humanidad y de decirle al otro: «Soy persona, sos persona. Pido perdón y no me quita de mi: “yo grande tú pequeño». Eso engrandece al que reconoce un error.
El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza
Finalmente esta que es muy conocida seguramente por todos: el topito Birolo es un personaje muy simpático, usa lentes. Una mañana se despertó y encontró que alguien le había hecho caca en la cabeza. Lo vemos en el momento en que eso está ocurriendo y dice: «¿Quién caramba fue?». Entonces su averiguación pasa por entrevistar a distintos animales y les pregunta: «¿Fuiste vos? Y cada uno le responde: «No, no, yo no fui» y le demuestra mostrándole cómo es su caca y cómo la hace. «No, no, yo no fui la mía es así, la mía es asá». Es un gran recorrido, pasa por conejos, por vacas, por chanchos, todos le enseñan cómo hacen. Él, mientras hace su averiguación, sigue con la caca en la cabeza, los lentes y la caca en la cabeza, que es lo que nos pasa a todos cuando sufrimos un agravio: lo tenés encima, lo cargás adentro, no se te va de la cabeza. Hasta que consulta a las especialistas en el tema que son, por supuesto, las moscas, que revisan bien y dictaminan: «Ah, no, pero esto es definitivamente de un perro». ¡Ah! Y dice: «Por fin sabía quién hecho era Hermenegildo, el perro del carnicero, él lo había hecho que cuando estaba durmiendo le vino a hacer tal cosa». Ahí hay un detalle muy interesante, cuando las moscas le dicen: «Fue el perro», ¡Ah! y va a buscarlo, decidido… ¡ya no trae la caca en la cabeza! Qué también es lo que nos pasa a todos, en toda la vida cuando caemos en cuenta de que tal cosa tiene una causa, cualquiera que hubiera sido, ¡ah!, se nos va como carga emocional.
¿Entonces el topito Birolo qué hizo? Se montó en la casa del perro y, a su medida le hizo una habichuela diminuta y negra, que aterrizó justo en la cabeza del perro. Y se va contento. Termina la historia.
Esto está muy bueno, porque si fuera una historia moralizante, seguramente iría por: «Eso no se hace, vengarse, está muy mal». Los chicos escapan a los sermones y cuando los chicos huelen, y tienen un gran detector para eso, nosotros lo tuvimos de chicos, cuando los chicos huelen lavandina pedagógica, por así decirlo, huyen, desconectan los oídos.
En cambio, a todos nos pasa, en la conversación con un amigo, una amiga, de mucha confianza, en toda la vida adulta, que decimos: «¡Yo lo quería matar! ¡Me quería morir! ¡No sabés la rabia que me dio! ¿Las ganas de…!, y en esas hipérboles, «las ganas de…» expresamos lo que hubiera sido recíproco, una venganza, un hacerle lo mismo, y eso: hacer lo mismo, expresamos la magnitud del enojo, la ofensa, y hacemos catarsis, nos libera. Es lo que hace el cuento, lo mismo, nada más que, en vez de una conversación con un amigo, lo actúa representado en una historia. Es “solo eso”, pero es “todo eso”.
La pasión y la reparación
Con estos cinco ejemplos vemos que, cuando trabajamos primera infancia, bien podemos hacerlo con cuentos que, en un lenguaje y experiencias adecuadas a la edad, para no ser intrusivos, el niño o niña, se sentirá reflejado en la persona que es, y la persona que será, lo mismo que me pasaba con mi queridísima profe Violeta Gainza. En su discurso, en las obras que me proponía o cuando me corregía, lo hacía desde su visión de quién en mí y de quién podía llegar a ser yo.
Los niños cuando leen estas historias, ensayan y reconocen la pasión y la reparación, así como nos acompañará a lo largo de toda la vida. En lugar de la lavandina pedagógica, o un ejercicio de evasión, compartimos con entusiasmo y conmovidos, pues ensayamos una práctica de humanidad que, en la que nosotros también nos reconocemos hoy.
© Luis Pescetti




