Antes los maestros, la familia, se hacían respetar

Desde un medio o cualquier adulto al pasar, convertido en especialista basado en cómo cree recordar la escuela de su infancia deja caer ese diagnóstico. El problema son los límites, antes los maestros tenían más autoridad. LA contrapartida son los maestros que hacen lo mismo, responsabilizando “a la familia del paquete” que no les responde en el aula.

 

A veces se dice falta autoridad o faltan límites cuando lo que falta es compromiso: que el chico sienta que auténticamente le importa a sus adultos responsables.

 

Por supuesto que no es lo único que cuenta, pero la lista no viene al caso cuando los chicos patalean porque se sienten invisibles, que no les importan a los adultos que les rodean.

 

En mis charlas siempre surge la pregunta sobre cómo poner límite a los chicos, conseguir su atención, hacerse respetar. Confesando con más o menos vergüenza o sinceridad, los maestros buenamente a veces no saben cómo manejar 30 o 40 chicos, durante 5 horas, 5 días a la semana, todo el año escolar. ¿Conocen otra profesión que tenga ese desafío de vínculo? Estar frente a un mismo grupo de manera sostenida en esas condiciones, no conozco.

 

De todos los tips y anécdotas, ahora sólo hago foco en que al maestro, sobre todas las exigencias que le caen, además, “siente que le falta “algo” que haría que lo respetaran, aura, autoridad, mando, lo que sea.

 

Entonces hablo no sobre una dinámica de confrontación, sino de atención cuidadosa. Los maestros más humanamente comprometidos que conocí son también de los que no me llegan historias sobre problemas de disciplina, no porque no los tengan, pero los abordan sabiendo que los chicos los están midiendo, por ejemplo, “¿Hasta qué punto te importo?”. “¿Sabés de verdad o estás careteando?”. “¿Me vas a dar bola?”.

 

Cuando digo: a veces se confunde que falta autoridad cuando falta sincero compromiso, algo se distiende en la charla, con esa cuota de alivio que hace al reconocimiento.

No me pasó que los maestros sintieran que eso era más difícil. Las expresiones pasan de “¿Qué podría hacer?” a “De acuerdo, entiendo”. De la impotencia a la claridad de tener una herramienta, que no es otra que la cuota humana de dedicar atención a un semejante. Algo que, a la vez, hace que si te cuestiona, desde la autoridad que emana el compromiso podés ordenar.

 

No es una varita mágica, sólo vean si a esos chicos que “no responden”, les falta autoridad en forma de disciplina, o autoridad en forma de “me importás”.

 

Luis Pescetti
Buenos Aires – Mendoza (ARG)