El narrador en primera persona

1) Atiendan si alguien les llamó la atención.
2) Elijan alguien con quien sintieron empatía, no conviene partir de quien les produjo aversión.
3) Vean por qué detalle les llamó la atención.
4) Digan una frase breve, en primera persona, sobre ese detalle, algo que lo explica, le da sentido.

 

Ejemplo: En la calle cruzo a una persona, mayor, mal aspecto, mal afeitada, que hace un gesto con la cabeza hacia abajo, pero noto que sus ojos están despiertos atentos a todo su alrededor, con algo de enojo.

Mi narrador será esa persona con una frase congruente con ese detalle:

—Falsos, son todos falsos.

Ejercicio cumplido, pasamos a otra persona y otro detalle.

 

Ejercicio desarrollado

 

1) Atiendan si alguien les llamó la atención y al detalle por el que fue.

2) Elijan alguien con quien sintieron empatía, no conviene partir de alguien que les produjo aversión.

3) El narrador será esa personas, hablen desde su voz.

4) Narrador protagonista. Cuenten su experiencia en primera persona (eso que vieron que a ustedes les llamó la atención: que no le gustaba algo, que levantaba la voz al preguntar, la manera en que se detenía a ver vidrieras, lo que sea). Eso que fue un detalle es la puerta de entrada, el dato revelador.

5) Sean directos en la narración: no justifiquen lo que sienten, ni cómo actuaron.

6) No cuenten con pudor lo que hicieron o sintieron, más bien véanlo como el momento de su alegato.

7) No intenten atenuar cómo se sintieron, no disminuyan su intensidad ni expresen nada que compense “yo sé que esto pasará”. ¡No están inmersos en la experiencia! No la miran desde afuera, para eso está el lector.

8) Están convencidos de su razón.

9) Escriban dirigiéndose a un aliado, a una buena oreja o un buen público. No lo hagan dirigiéndose a una audiencia que los juzgaría, o ante la que deben defenderse, todo lo contrario.

10) No sean irónicos con su propio personaje, no se bufoneen a sí mismos: como oyentes le damos más crédito al que se respeta a sí mismo.

 

En casi todas mis canciones el narrador es el personaje que vive la experiencia.

 

Como espectadores estamos más abiertos a cuando nos cuentan una anécdota que a cuando nos dan una lección.

 

No me refiero a pilotear un avión, a aspectos técnicos, pero si la intención es expresiva, si busca conmover, convencer, somos más maleables frente a una historia que frente a alguien que se para y nos da cátedra.

 

Siempre pensé que la naturaleza es sabia: queremos aprender de otras experiencias. Cuando alguien nos cuenta una historia es algo que fue vivido, ahí hay experiencia. Cuando alguien da una lección, no sabemos si es un manual que no fue puesto a prueba. Pero esto es sólo una hipótesis que me gusta. Lo cierto es que desde el punto de vista de quien cuenta, es más eficaz ser narrador que profesor.

 

Como narradores conmueve más el sujeto de la experiencia, el que la vivió, que el que fue testigo, que uno que se enteró.

 

Cuando escribo, no importa si lo inventé, lo viví o fui testigo, casi siempre lo hago como si lo hubiera vivido.

 

Narrador en primera persona, sujeto de la experiencia: le pasó a él.

 

Ejemplo: una amiga me cuenta, con voz sufriente, que su hijo pequeño “no le come nada”.

 

Luego eso se convierte en la canción de “Ricardito no me come nada, ese niño se alimenta con el aire…”, que fue la frase que “vino” así, dada, la inspiración. No la pensé, no trabajé en ella.

 

Si desarmo lo que ocurre como si fuera una estrategia intencional diría que hay que:

 

1) Crear un personaje, que es el narrador, de la experiencia que me acaban de contar.

 

Es como si jugáramos “a la posesión”, al espiritismo… humorístico en este caso. El espíritu del otro se mete en mí (imposible poner más comillas en esta metáfora). Siguiendo esta imagen, el espíritu del otro se mete en mí… y habla a través mío.

 

2) Por mi intermedio, dice lo que no puede decir.

 

Acá hacemos un alto, hay cosas que no se pueden decir por muchas razones, por no herir a otro, por corrección política o social, para evitar represalias o burlas, para no quedar expuestos por la expresión de nuestros sentimientos, para no sentir la vergüenza de quedar ingenuos…

 

Pero en lo que se parece el resultado de cualquiera de esas razones es que: o no se lo dice, o se disimula, o se hace una estrategia en torno a lo que podría decir.

 

Muy pocas veces se es directo.

 

Directo… Dejemos el espiritismo literario: directo como en los boleros. En un buen bolero las emociones se muestran sin pudor, y sin medias tintas. No existe un bolero que diga “te quiero un poquito”. Como mínimo: “Te quiero desde que nací”, y de ahí luego van creciendo.

 

3) Luego, esto es importante, nosotros, como un médium, no ofrecemos resistencia. La Pitonisa no iba al Oráculo de Delfos para evitar caer en trance. Iba para entrar en trance. Entonces, como “intérpretes” o traductores de ese otro que vimos, no vamos a resistirnos a ser empáticos con su experiencia, vamos a vibrar con él, a conmovernos…

 

4) … y uno no discute con el que padece. Es de mal gusto, de mala educación, revela impotencia y, sobre todo: no funciona. Si queríamos aliviar, iluminar…, así no.

 

No discutimos con lo que siente, con su experiencia, ¿por qué lo haríamos?

 

Tomamos su voz para darle la razón, expresando sus razones, su experiencia. Nunca para discutir o corregirlo. Ni tampoco para decirle que “Ya pasará”, porque tampoco funciona. La catarsis no funciona porque alguien venga y nos diga “Ya va a pasar, vas a ver que no fue para tanto”.

 

Y…

(atención a esto que sigue, que no fue dicho antes,

pero antecede a las condiciones nombradas)

… y lo hacemos con afecto hacia aquel en cuyo lugar nos ponemos (es decir, no elegimos para ser cínicos, no funciona, nunca hay que hacerlo con lo que nos produzca rechazo),

entonces y todo lo anterior lo hacemos con un afecto básico…

Es muy probable que quien oiga y vivió la experiencia… se reconozca.

Eso viví, eso hubiera querido decir…

Eso viví, ¿así me veía?…

Oh, no soy el único que vivió esto…

Otro me interpreta, habla por mí,

me reconozco…

soy persona,

y no soy invisible.

 

* * *

 

Importante: no nos ponemos en lugar del otro

para corregirlo,

tampoco para darle una lección.

Es más parecido a cuando “buscamos una oreja”, que alguien nos oiga sin que luego nos diga su opinión

“¿Te puedo decir lo que pienso”.

“No, no podés decirme lo que pensás,

sólo oírme y oírme”.

Porque cantar, escribir estas letras o poemas,

es otra forma de la buena escucha.

Solo que no estamos para oír lo que nos dicen,

sino para decir lo que el otro no dijo.

 

* * *

 

De manera que, cuando hagamos el ejercicio, debemos estar muy atentos a qué resonó en nosotros, ponerle voz, poniéndonos en el lugar del otro, es decir: cantando en primera persona su experiencia, de la manera más afectuosa y leal, sin traicionar, sin dar una lección.

 

¿Con qué palabras podemos contar, no lo que vimos que le pasa, sino lo que vivimos que le pasa?