Un niño una voz

Cada niño tiene derecho a imaginar una vida para sí mismo, no sólo a una identidad de origen.

 

Esa vida que construya, debe ser libre de los límites que imponga su condición de nacimiento, raza, credo, sociedad. Todo puede nutrirnos, pero nunca convertirse en deuda y, menos, en una deuda existencial: “debes ser…” .

 

La plasticidad de nuestra conciencia es tal que podemos creer que somos lo que otros dicen que somos, o convencernos a nosotros mismos de que tenemos una condición que nos impone un destino. O que hay un ideal que justifica nuestro sacrificio.

 

Pero, precisamente, la plasticidad de nuestra conciencia es tal que podemos ir más allá de nuestro origen. No pertenecemos sino a quién querramos ser. No somos un instrumentos de nadie: persona, credo o sociedad.

 

Ese es el sentido de encontrar la propia voz.

 

Una vez a Piaget le pidieron que desarrollara el derecho a la educación. Es un libro que publicó una editorial uruguaya, no se encuentra, está un pdf en internet, creo. Y escribió un libro así desarrollando el concepto del “derecho a la educación”: qué implica.

 

Trato de hacer un desarrollo equivalente de qué implica el derecho a la identidad. El derecho a la identidad no termina (aunque es crucialmente importante) en la correcta filiación de una persona, es decir, de quién sos hijo. Sino que sigue más allá.

 

El derecho a la identidad, incluye que vos encuentres tu propia voz. Traducido en término: que no seas un desplazado en tu propia cultura, que no vivas como un “fuera de lugar”.  Que sientas orgullo o, por lo menos, te sientas cómodo con tu origen y con tu vocación.

 

Somos esclavos de quien dice que somos lo que no somos o que debemos resiganrnos a limitadas elecciones, o que ni podemos soñar con otras vocaciones.

 

¿Qué quiere decir “desarrollar tu propia voz”? Que encuentres un tema, un territorio, una vocación en la que no te sientas fuera de lugar y no te sientas incómodo.

 

Esa sensación de incomodidad o no pertenencia ocurre a menudo con los niños porque los referimos a un mundo ideal, les transmitimos reglas ideales y los confrontamos con lo que deberían ser o proponerse ser.

 

Si bien de unos años a esta parte, padres, maestros y niños, encuentran reflejados en obras y juegos lo que los niños perciben como EL MUNDO REAL, aún así con mucha frecuencia sienten que deben aprender reglas de un MUNDO IDEAL que no los representa.

 

Cada vez que queramos hacer empatía con cómo funciona un niño hay una imagen que nos ayuda: la de un refugiado en un país que lo recibe, pero que tiene otra lengua, otra cultura, y con el cual por una parte está agradecido, y por la otra necesita diferenciarse.

 

A los chicos, al igual que a esos inmigrantes, una de las cosas que más les importa es ser eficaces en el mundo (es decir: que les vaya bien, no equivocarse, no ser objeto de burla), y para eso están muy atentos a quienes les va bien, a quienes los toleran o los recuerdan sus errores machaconamente, a los que tienen humor, a los que son rígidos.

 

Al igual que los inmigrantes están en tensión entre la asimilación y la resistencia.

 

Y también están sometidos a un aprendizaje constante y omnipresente, y por lo mismo a la posibilidad de equivocarse o estar en infracción (aún sin darse cuenta) con reglas que no terminan de abarcar, también de manera constante.