Desarrollar la propia voz

La propia voz, ¿dónde empieza? En una lista de lo que nos gusta.

La creatividad no nace tanto en lo que somos capaces de imaginar como en lo que fuimos capaces de percibir. Todos los días, jugar a responder dos preguntas: ¿Qué te llamó la atención del día de ayer? ¿Qué deseo mágico te gustaría que se cumpla hoy? Una que va en dirección de lo real, y la otra de lo fantástico.

 

 

Di una charla en Jujuy (Argentina), a la que asistieron docentes de la ciudad y también de los cerros y zonas rurales. Una profesora comentó: “Yo les digo que tienen que ser creativos”, y fuera por lo bien intencionado de ese deseo, como por el buen clima del encuentro, me quedó resonando.  Estábamos en un ambiente de bajos recursos y, aunque hubiera sido lo mismo en otro lugar, ahí resaltaba todavía más. Quizás porque tan conscientes, tan evidente lo que les falta, cómo no va a faltar algo más que le llaman “creatividad”: llueve, se embarró el camino, se empantanó el carro… ni busques pala que de seguro ni traemos. “Que sean creativos” es una sugerencia muy vaga, pensé; ayuda poco y hasta puede paralizar. ¿Qué es ser creativo? Nos quedamos congelados, lo primero que viene a la mente es: “Yo no soy creativo”.

 

En ese momento me permití corregir y dar unos ejercicios que fueran a la esencia, y no requirieran ningún “entrenamiento cultural”, nada, ni siquiera haber pisado una librería. Ejercicios muy simples, para jugar todos los días con sus alumnos, y sobre lo más básico para desarrollar la creatividad: encontrar la propia voz. La creatividad no nace tanto en lo que somos capaces de imaginar como en lo que fuimos capaces de percibir.

 

Dos ejercicios

 

Todos los días, jugar a responder dos preguntas: ¿Qué te llamó la atención del día de ayer? ¿Qué deseo mágico te gustaría que se cumpla hoy? Una que va en dirección de lo real, y la otra de lo fantástico.

 

Quizás no con todos los chicos, sino con quienes quieran, o decidir “de a diez niños por día”. Hacerlo de manera regular, sostenida, es lo que produce el efecto deseado, como cuando en la cocina se bate algo, y no se puede dejar de batir porque si no “se corta”.

Lo que queremos es que a nuestros niños les resulte natural atender a sus experiencias, contarlas, y a que sean oídas, que confíen en su sensibilidad.

 

No son preguntas tan simples como parecen. La más de las veces la creación nace de desarrollar o investigar en torno a algo que nos llamó la atención; pero suelen ser señales tan triviales o delicadas que pasan desapercibidas, o las descartamos.

 

Luego la otra pregunta: ¿qué deseo mágico te gustaría que se cumpla hoy? Y ese “hoy” aclara que no tiene que cubrir todo, pues mañana podremos pedir otro y pasado otro, ¡somos abundantes en pedir deseos mágicos! De modo que el deseo vaya estirando sus alas.

No tiene que haber vergüenza, y los límites deben estirarse cada vez más, porque jugamos a eso: a imaginar que se cumple un deseo mágico. Y resulta que hasta en eso somos diferentes, ni siquiera los deseos imposibles son los mismos para unos y otros.

 

Sucede también que, cuando nos acostumbramos a pensar en términos fantásticos, se corre un velo, como si algo en nosotros pasara de creer que no tiene sentido soñar con imposibles a encontrarle primero derecho (yo tengo derecho a…) y poco a poco sentido a fantasear con el cumplimiento de un deseo por una vía, que por ahora es mágica, pero no sabemos qué caminos abrimos. Quizás ahora nos parece que tal deseo, una casa nueva, un papá, otro vestido, se cumplen por vía mágica, pero luego aprendemos que no, que no hacía falta la magia; pero ya lo deseamos, ya lo alcanzamos con los brazos de la imaginación. Otras fantasías sí, seguirán siendo mágicas siempre, pero le habrán dado voz a una parte nuestra, bien cierta.

 

Además con este juego, por si hiciera falta, barremos con una frase dicha o no: “Ni te gastes pensando cosas que no están a tu alcance”. Uno de los estigmas culturales de la pobreza es “la obligación de ser realistas”, dicho como un cercenamiento de toda esperanza y horizonte de imaginación para nuestra vida.

 

Podemos ayudar dando ejemplos: ¿qué tan mágico? Quizás como que aparezca a buscarte el Búho de Hogwarts, como el espejo mágico de Harry Potter, o como el ropero de Narnia, o… o…

 

Al jugar a esto los alentamos a imaginar tan lejos como cada día alcancemos. Como siempre, un punto muy importante será que no se burlen. No valen chistes, ni miradas, ni gestos cancheritos que impliquen una broma o un juicio sobre lo que cuenta alguien.

 

Quizás podemos hacerlo todos los días con el grupo entero, quizás algunos chicos por día, y los demás apuntan en un cuaderno. Quizás al principio lo hacemos solo escribiendo, y nosotros leemos un ejemplo y otro de aquí y allá, abriendo paulatinamente ese juego que expone tanto. Quizás siempre lo hagamos escribiendo y ahí quede: en la intimidad de cada cuaderno. Cada uno conoce al grupo que tiene enfrente, o irá probando.

 

¿Para qué hacemos esto, maestro?

 

– Para desarrollar la imaginación.

– Para entrenar al enanito de la cabeza.

– Porque los pensamientos son tan finitos que si no los anotamos se chorrean por el oído y mañana no nos acordamos.

– Porque nos suceden cosas y nos damos cuenta de que algún indicio habíamos tenido, ¡pero lo habíamos dejado pasar!

 

– ¡Maestra! ¡Mi mamá me quiere matar porque dice que gastamos el cuaderno perdiendo tiempo!

– Al revés, lo recuperamos. Dentro de un mes, al final del año, van a ver: un montón de tiempo guardadito como la comida en la heladera.

– Pero, ¿lo vamos a usar?

– Tal vez sí, tal vez no. A veces es como el ejemplo de la heladera: teníamos algo y lo sacamos para preparar una comida, y otras como el ejemplo de gimnasia: ayer entrenamos, pero a esa carrera ya no la usamos, la corrimos ayer. ¿Para qué entrenamos? para lo que hoy vamos a querer correr.

– Pero ¿y cuándo vamos a usar esto, maestro?

– En el congreso internacional.

– ¿Cuál congreso?

– El de Recuerdos de Cosas que Llamaron la Atención Ayer.

– ¡No es cierto!

– Bueno, no me crean, pero los demás vamos a viajar, y ustedes no.

 

¿Qué haremos con esos escritos? No necesariamente “haremos”: en buena parte, ya hicimos. Un momento muy importante del trabajo creativo es dar crédito a lo que impactó en nuestra sensibilidad, y tal como impactó. Aunque no sepamos explicar por qué, solo un fragmento de una frase, un color, un sonido, un momento de una escena, una imagen completa. Anotamos o nombramos, para acostumbrarnos a saber que está la red de pescador de nuestra atención, no la conoceríamos si no fuera porque algo queda en ella.

 

El poeta ruso Vladímir Mayakovsky decía: “La libreta de apuntes es uno de los elementos más importantes para escribir algo bueno… Los primeros trabajos suelen tener mayor frescura pues en ellos participan las reservas de toda la vida anterior… Estas reservas poéticas las voy acumulando en la cabeza, y las más difíciles de recordar las apunto. De cómo serán utilizadas en el futuro no tengo la menor idea, pero estoy seguro de que deberán ser empleadas.”

 

– ¡Mamá, el maestro está loco que nos tiene podridos! Dice que todos los días vemos y pasan cosas como para pintar cuadros como Van Gogh, o hacer películas como los hermanos Cohen, obras de teatro como Darío Fo, o libros como Italo Calvino, monólogos como Woody Allen, o cuentos como Roberto Fontanarrosa, música como Smetana o Béla Bartók, o poemas como Miguel Hernández o Cavafis o canciones como Bob Dylan, o tocar el piano como Alfred Brendel o tocar y cantar como Nina Simone.

 

– ¡Ya mismo vamos con tu papá a hablar con la Señorita Innnnnnnspectora!

 

¿Qué es la propia voz?

En otras culturas y otros tiempos el valor era más colectivo, se pretendía una voz que reflejara la voz del grupo, la de los ancestros, la de los dioses, no un rasgo individual.

Hoy, y en nuestra cultura, lo verdadero para una persona pasa por encontrarse o desarrollar su propia singularidad.

Entonces podríamos hacer ese juego: que “la propia voz” represente la de nuestra familia, “nuestra tribu”, una lealtad de barrio, de terruño, de ancestros. La voz de nuestros abuelos, nuestros antepasados.

No es difícil imaginar un personaje que la representa, y que cuenta el mundo que ve o, incluso, nuestra propia vida bajo esa mirada.

Es como ponerse una máscara, y esa máscara traduce, filtra, y mediante ella nos despersonalizamos, nos alejamos de quienes somos, a través nuestro hablan nuestros antepasados, mejor si más concreto aún: nuestros abuelos, nuestros bisabuelos.

 

Sin embargo, si no hiciéramos esa aclaración, hoy y en nuestra cultura al decir “la propia voz” todos damos por supuesto lo mismo: una voz propia, la de nuestra singularidad, que no es una copia, nace con nosotros, lleva nuestro sello, no traiciona quienes somos ni qué contamos.

Y, a los fines del trabajo con los chicos, así la vamos a entender. Nos importa que nuestros chicos encuentren y construyan su propio camino, su talento, que no sean el engranaje o un instrumento de la historia de otros.

 

Cuando decimos desarrollar la propia voz nos referimos tanto a la manera de contar como al contenido:

 

– Encontrar un modo de contar que sea propio: el ritmo, el punto de vista, la dinámica, la cadencia, la edición del relato (esos saltos que uno hace: atrás, adelante, corta aquí, aclara algo, hace un comentario de pie de página, o no, y se sigue todo derecho). No se asusten, todas estas cosas son las que naturalmente hacemos cuando contamos.

 

– Elegir los temas de nuestro relato.

 

También veremos que nuestra voz tiene otro componente, menos evidente, pero decisivo. Escondido, o mejor dicho, fundido, mezclado en la masa de nuestro mensaje está: a quién nos dirigimos. Nuestro interlocutor está en tan presente en nuestro relato como las palabras que usamos porque, de hecho, no usamos las mismas palabras si nos dirigimos a una u otra audiencia; pero esto será motivo de otro desarrollo.