No heredaremos crispación

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¿Se acuerdan de cuando dábamos argumentos? Aquel anhelo de vivir sin representantes de una razón superior que nos protegiera como a niños en peligro, y en ese afán se llevaba puesta la democracia. Nos parecía un sueño vivir sin celadores ni certificados de buena conducta; sin urgencias de salvación ante “tiempos excepcionales”, no porque no lo fueran, sino para que los nerviosos no manotearan el volante.

Quino, Fontanarrosa, cuánto los extrañamos. Que Tato Bores llamara por teléfono a quien correspondiera para hablarle con estupor sutil. A María Elena Walsh y su carta de desventuras en el país del jardín de infantes, porque no hubiéramos imaginado cuidarnos de opinar, ya no por un censor, sino por vecinos puestos a vigilantes del enemigo público que asome medio pie fuera de la fila.
Siempre digo que los niños son inmigrantes en el tiempo, y nosotros sus anfitriones en el presente. Imagínense que llegan de visita a una casa y hay una pelea. Si les exigieran tomar partido, sin duda se sentirían incómodos. Los niños acaban de llegar, a cada familia, a una ciudad y a un país. Son los felices y afortunados huéspedes del tiempo, apenas llegaron. Desearían volver, no a casa porque son tan dueños de casa como todos, sino al “no papelón”. Ahora hay un cruce de afirmaciones a la ligera, que da la impresión que vivimos en mundos paralelos, disputándose cuál es el holograma o el verdadero, el malo o el salvador.

 

Como trabajo para niños y fui docente, siempre me imagino con alumnos, ésa es mi medida de lo público. Ellos son los más rigurosos en esperar que las reglas se cumplan y que las instituciones y sus representantes los cuiden. Entonces, ¿qué les diría frente a este despliegue de desconcierto y desencanto, en medio de la pandemia?

 

Pausa. ¿Alguien me lo pide? Nadie, es mi manera de ordenar lo que vivo: me imagino como un maestro de una escuela pública, con su grado. ¿Por qué lo publico? Me obliga a ser preciso con lo que digo, y es mi manera de agradecer lo que recibí. Fin de la pausa.

 

– Que cada sociedad tiene reglas e instituciones para no empezar de cero cada vez, y que no se decida por la ventaja o la fuerza. Nadie puede arrebatarlas. Se pueden mejorar, pero no hace falta una gramática propia para tener libertad poética. Porque si alguien necesita un nuevo tratado de armonía que justifique cada composición, luego precisará un público incondicional para su obra.

 

– Que costó un enorme trabajo separar la religión del gobierno, no es inspiración sobrenatural sino un acuerdo de convivencia. Porque hace tiempo hubo sacerdotes que eran intérpretes sagrados, escribas frente a un pueblo analfabeto; pero ya no. Y esperamos tanto una época en que no hubiera un discurso único y al mismo tiempo que todos estemos representados, que ahora que la logramos, haríamos mal en confundirla.

 

– Que nadie encarna un ideal, una institución ni una regla: quiere decir que nadie es “un hospital”, “los trabajadores”, “el amor”, o “la justicia”, por más que eso sea la bandera de su vida. Cuando alguien se iguala a una categoría, hace trampa, Imagínense un chico que se sacara el cinturón de seguridad, y los papás: “¡Que te lo pongas!“, y él: “Ustedes no quieren que los chicos seamos libres”. No, canijo, ponte el cinturón.

 

– Que quienes exageran y se enojan hacen ruido, llaman más la atención diciendo cosas enormes o tremendas. Por eso se los oye tanto; pero muchas veces la exageración es una manera de forzar para que otros tomen partido. De alguna manera, les transmitiría a los chicos que ganamos la libertad de pedir razones, de juzgar, de actuar o de decidir no hacerlo.

 

– Que no los desanime si les toca presenciar que otros se agarran a las piñas con declaraciones. Pero que un debate es otra cosa: maravillosa, potente, cuando los que intervienen se oyen y responden con argumentos, hablan del tema y no del otro o sus supuestas intenciones. Lo aprendí con la filosofía para niños, preguntar y dar razones, y con Gianni Rodari: “el uso total de la palabra para todos, no para que todos sean artistas sino para que ninguno sea esclavo”. Jamás les enseñaría nada menos.

 

– Que si al otro día de escribir que E = m x c2, Einstein hubiera afirmado que las peras brotan de los gatos, no sería verdad porque lo dijo él. Los argumentos se basan en datos o hechos que se pueden poner a prueba, no en quién los afirma. Iguales ante la ley es, también, iguales ante los argumentos, iguales ante los que nos pone a prueba. Si alguien dice basarse en datos, pero no los comparte, o hace soliloquios tipo púlpito, nos niega nuestra dignidad de semejantes. Que distingan a las personas que hacen pronunciamientos de los que argumentan, estos son mejores, dan herramientas para que formemos nuestro propio juicio.

 

– Que si oyen generalizaciones como: que TODO está mal, que NADA en este país funciona … tomen distancia. Muchas veces se confunde “escandalizarse” con “ser éticos”. Es como confundir quemarse la lengua, con la receta del chocolate, no es lo mismo decir “el chocolate quema”, que ponerse a hacerlo.

 

– Que no se queden con el fracaso o la frustración de algunos mayores. Los chicos tienen derecho a muchas cosas, menos al desencanto. Tienen derecho a la educación, a la salud, a la alegría y a la liviandad.

 

– Que el calor de la democracia no depende de los Savonarola que mantienen las hogueras, sino de mucha gente que estudia y labura sin estridencias (contado de otra manera, claro). Es un sosiego reparador saber que hay muchos más trabajando bien y cuidando.

 

Mr. Rogers, un señor de la tv pública de EEUU contaba: “Cuando era niño y escuchaba sobre algo aterrador, alguien que se lastimaba gravemente o algo así, les preguntaba a mis padres o abuelos al respecto y generalmente me preguntaban cómo me sentía al respecto. Mi madre intentaba averiguar quién estaba ayudando a la persona herida. ‘Busca siempre a las personas que están ayudando – nos decía – siempre encontrarás a alguien que esté tratando de ayudar’. Así que incluso hoy, cuando leo el periódico y veo las noticias en la televisión, busco a las personas que están tratando de ayudar “.

 

Los chicos tienen derecho a instituciones y reglas que los cuiden, a escuchar argumentos en tonos que den tiempo a formar su propia voz, y a la alegría, que es la mayor gratificación de la vida, como dice Savater. Sólo en las tragedias el origen castiga con el destino, o cuando nuestro guion lo escribe alguien que no afloja la lapicera, o cuando alguno, al que se le termina el asfalto, sale con “que es el fin de los tiempos” (justo a los chicos, que llegan nuevos de entusiasmo y dones). Pero en la esencia de la democracia está que origen no es destino.
Fernando Ulloa me dijo una vez: “todo padre tiene derecho a que su hijo lo supere”. A eso tienen derecho, a ser mejores que nosotros, a no heredar la crispación. Por lo pronto, a atender qué sienten, expresarlo si lo desean y si están en un ambiente de su total confianza, y a buscar quién está ayudando.

© Luis Pescetti