Cómo vienen las ideas

Mate para crear

Las ideas se me presentan de varias formas. Algunas veces como una evidencia con la que uno tropieza, así como cuando se encuentra algo que no buscábamos, así llegan dos versos con la melodía, o una frase de Natacha o tener una experiencia cotidiana y saber cómo reaccionaría un personaje ante ella.
Otras veces es una intuición como cuando tenemos la sospecha de que hay algo que tiene solución, es una emoción un tanto vaga: un tema, un planteo: tienen una solución, estamos seguros, aunque ahora mismo no podamos expresarla.
No creo que sean experiencias únicas de artista, así nacen los actos creadores, pero estos pueden ser un cuento o una comida nueva, o una solución para un motor, una teoría física u otro planteo en biología. De repente uno tiene acceso a “información de primera mano” y llega como una suerte de “pista”.
Lo que sigue después, siempre, es desarrollar esa pista hasta completarla, hasta que la solucionamos. E implica una gran dosis de picar piedra y de coherencia, parecida a la sensación de resolver un acertijo. Que ofrece una parte de la solución, pero tiene el riesgo del desvío.
La primera escritura es un “estado flojo de la mente” (y me espanta describirlo así!), quiero decir que es similar a estar muy despierto pero al mismo tiempo dejándose ir como en una ensoñación. Y copio, tecleo, lo que ahí llega o se dicta. Nada mágico ni de ultratumba: si uno conoce bien a su abuela y la pone ante tal o cual situación no vamos a sentir que inventamos lo que diga sino como si ya supiéramos su reacción y basta con copiarla, como si nos dictaran. De ahí la importancia de tener muy en claro a los personajes.
A ese estado de “flotación” trato de no interrumpirlo con nada parecido a una corrección: tecleo, tecleo. Sí hay un suave tutelaje: es mejor si tengo en claro a los personajes y es mejor si sé dónde quieren llegar o en qué situación se encuentran. Porque también puede ocurrir que uno escriba para averiguar, pero eso es diferente. De modo que esos dos nortes están aquí al lado y acompañan, sin intención correctora, mientras escribo, tecleo.
Trato de hacer un mínimo de 1.000 palabras diarias, que suelen ser un poco más, y si estoy en épocas de mucho cansancio bajo la exigencia a 500. Lo que escriba de más: es ganancia, pero con eso está bien.
Luego llegará el momento en que imprimo y ahí sí: sólo corrijo, tacho y marco en el papel. Luego cargo las correcciones y es otro momento en que no es automático, porque al llevarlas a la computadora nuevamente hago retoques.
Creo que un don es disfrutar el momento de la corrección (pulido, tallado, oficio) casi tanto como el de la escritura.

Luis Pescetti